
12 de Enero de 2007
La biogasolina en Bogotá
El infortunado impacto de una política que desoyó los argumentos científicos.
El infortunado impacto de una política que desoyó los argumentos científicos.
Ni el discurso político que sustentó la promulgación de la Ley 693 del 2001, que obliga a consumir gasolina con alcohol en el país, ni la campaña oficial, que no sabemos cuánto nos costó, para exaltar las bondades del proyecto, entre las que se mencionaban la generación de empleo en la agroindustria y la posibilidad de respirar un aire 'más limpio', fueron suficientes para alterar las leyes de la química y, en consecuencia, la calidad del aire en Bogotá. Como advertimos este ha desmejorado sustancialmente, a raíz de la comercialización de la famosa 'biogasolina'.
La explicación tiene varias partes. La primera es que, al agregarle etanol a la gasolina, esta se hace más volátil, y escapa a la atmósfera una mayor cantidad de hidrocarburos, desde los tanques de las estaciones de servicio y los de los vehículos. La otra ocurre cuando se quema el combustible, que ahora contiene más oxígeno; entonces, se forma una mayor cantidad de óxidos de nitrógeno. Los hidrocarburos y los óxidos de nitrógeno reaccionan en la atmósfera y producen, entre una gran variedad de especies conocidas como oxidantes fotoquímicos, el ozono.
Los registros de la red de calidad del aire de la ciudad muestran dos hechos evidentes del infortunado impacto de la política que hizo oídos sordos a los argumentos científicos y, de paso, aseguró a los inversionistas jugosas utilidades sin importar el riesgo sobre la salud pública. Las concentraciones de ozono se han desplazado hacia los niveles más altos y han sobrepasado, en algunas ocasiones, las normas vigentes. Si en el 2005 menos de 100 'muestras' excedían la mitad del límite fijado en la norma, en el 2006 la cifra se aproxima a las 1.000 muestras.
Entonces, ninguna muestra alcanzó el 75 por ciento de la norma; en el 2006, casi 200 muestras lo superan. Y las concentraciones máximas son cerca de 40 por ciento superiores a las registradas en el año anterior.
No queda más recurso que alertar a la ciudadanía, para que tome las precauciones del caso acerca de las posibles afectaciones de su salud, mientras salen los defensores de la biogasolina a exigirnos los estudios que demuestren que esto puede ocurrir en Bogotá, como sucedió hace algunos días con un vicepresidente de Ecopetrol, escéptico con relación a la magnitud del daño que el diésel que consumimos en la ciudad pueda causar a las personas.
Según la Asociación Americana del Pulmón, se ha demostrado que el ozono puede causar serios problemas respiratorios, en infantes, ancianos, deportistas y quienes trabajan al aire libre o tienen alguna enfermedad respiratoria. Los efectos dependen de los tiempos de exposición y de las concentraciones del contaminante y pueden variar desde agitación para respirar, dolor torácico, susceptibilidad a las infecciones respiratorias, hasta ataques asmáticos o inflamación pulmonar.
Como se ve, el ozono, cuando hace parte del aire que respiramos, es una sustancia altamente perjudicial. Si, además, tenemos en cuenta su coexistencia con las altas concentraciones de partículas (hollín), ocurre un efecto de sinergia (reforzamiento de la potencialidad tóxica del aire). Esa es nuestra realidad, pero no importa, ya se anuncian más destilerías para producir los billones de litros de alcohol carburante que se requieren, porque "este es un país pujante y así contribuiremos a su desarrollo".
Quedan otros temas no menos importantes. ¿Cuál autoridad (ambiental o sanitaria) se ha preocupado por detectar y medir la concentración de los carbonilos que se producen cuando se quema el alcohol carburante (recordar que algunos de ellos son reconocidos cancerígenos)? ¿Cuánto empleo, y de qué calidad, se ha generado en las destilerías? ¿Quién supervisa los controles del tratamiento de los residuos de las destilerías? ¿Cuál ha sido el impacto en el precio del azúcar?
* Director Grupo Anki, investigación en contaminación atmosférica, Universidad Nacional HÉCTOR GARCÍA LOZADA *